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El clásico en 7 palabras

24/04/20172:54 pm
Gabriel Romero CamposMadrid, EspañaOpiniónRed+

Gabriel Romero comenta en siete puntos los principales protagonistas del clásico español que ganó el Barcelona 2-3 al Real Madrid, en el estadio Santiago Bernabéu.

Messi: venía de juegos opacos. Se le veía de mal humor. Molesto con los árbitros, con los rivales, tal vez con sus propios compañeros. Estaba en el peor de los escenarios. Eliminado de la Champions y jugando de visitante ante el Real y sin tener la ayuda de Neymar. Además, tenía cerca a Casimiro, el hombre que, más que nadie en el mundo, tiene licencia para pegar. Messi, sin embargo, fue creciendo. Tomó el balón e hizo de las suyas. Empató el juego cuando Barcelona lucía desconcertado y después, cuando el empate parecía firmado, anotó un golazo y silenció al Bernabéu y no le importó recibir amarilla en su peligroso reto a la tribuna. Messi, genio azulgrana, mago catalán, el antes, el gol y el después del gol.

James: se lesionó Bale, brillante jugador de cristal. Y no entró James. Así viene pasando. Entran todos, menos él. Llegó Asensio, jugador con futuro, pero no es James. Todo estaba dado para que entrara y tomara la manija del partido. Había espacio y se necesitaba de sus balones largos y precisos que llegan como puñaladas a la zaga rival. Pero lo dejaron sentado. Tuvo que ocurrir que Barcelona se fuera en ventaja y que quedara con un hombre menos. Entonces, Zidane miró al banco y ahí estaba la carta que se había negado a jugar. James recibió instrucciones y entró y pasaría a la historia de los clásicos españoles. Estuvo en el campo algo más de diez minutos. Anotó un golazo, tuvo dos disparos más. Uno, lo sacó Ter Stegen; el otro, un zaguero. Y le sirvió una bola precisa y peligrosa a Marcelo, pero el brasileño se apresuró. ¿Qué habría pasado si Zidane se hubiese acordado mucho antes de él?

Zidane: desencajado. Culpando a los jugadores que no convirtieron. Al casi infalible francés le tocó ver la cara de la derrota en el mismo Bernabéu y ante su más enconado rival. Murió con su forma de jugar y con su estilo. Utilizó a James y halló la mejor respuesta en el colombiano, pero recibió como castigo el mazazo de Messi. Su mano estratégica no se vio. Tampoco la de Luis Enrique. Hermoso juego en el que la razón de los entrenadores no tuvo que ver. Si hubiese habido algo de estrategia, Zidane debió haberle dicho a sus jugadores que firmaran el empate, que con un hombre menos eso era un triunfo.

Ramos: el ímpetu de siempre. No oculta el odio hacia la divisa rival. Lo quiere destruir con un cabezazo ofensivo o con la peor de las entradas para que nadie aceche en sus dominios. Así lo hizo con Messi. Dijo Ramos que no hubo mala intención. No es cierto. Entró a arrancarle las piernas, a borrarlo del mapa. Pero, Messi, conocedor de su rival, saltó a tiempo. Justa expulsión para Ramos, guerrero madridista que sobrepasó los límites.

Arqueros: hubo cinco goles en este inolvidable clásico y la gran paradoja es que Navas y Ter Stegen fueron figuras. Atajaron casi todo, con los pies, con las manos, por arriba, por abajo, con la mirada, con la mejor de las intuiciones. Si no hubiesen estado en su día, el partido termina 16 a 15.

Casimiro: la imagen se quedó ahí. Primer plano. Pasa Piqué y le dice algo a Casimiro. Debe ser algo irónico y seguramente tiene que ver con su gran suerte de que los árbitros no lo expulsen. Casimiro gira, observa a Piqué y le sonríe con sorna, feliz de no ser tocado por la ley, ni los árbitros. Casimiro es el volante defensivo más afortunado de la tierra por estos días. Tiene licencia para pegar y continuar como si nada. Es como si los árbitros le temieran. Y cuando ya casi se iba del juego, pues seguramente golpearía al escurridizo Messi, Zidane lo protegió.

Ronaldo: es goleador, no genio. Ya no corre por los costados como antes. Ahora todos corren para él. Ronaldo se estaciona en el área rival y se mueve con presteza en ella. Pero si los balones no llegan, no podrá inventar gran cosa. En el clásico estuvo en segundo plano. Manoteando, peleando consigo mismo, viendo impotente e iracundo cómo Messi, su archirrival, hacía pedazos a su ejército. Que no queden dudas de quién es hoy el número uno del mundo.

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