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El adiós de El Gráfico

17/01/20182:22 pm
RED+ Noticias, Gabriel RomeroBuenos Aires, ArgentinaOpiniónRed+
Portada de El Gráfico tras el título Mundial de Argentina en 1978. Foto @alfieriphoto.

Portada de El Gráfico tras el título Mundial de Argentina en 1978. Foto @alfieriphoto.

La primera vez que vi El Gráfico yo era muy niño. El ejemplar permanecía expectante a la llegada de su lector habitual. Lo observaba a la distancia y fijaba mi mirada en una portada en la que resaltaba una camiseta de River Plate. Mi recuerdo es difuso. No podía hojear el ejemplar, pues descansaba en la vitrina de vidrio de una elegante librería. Su precio era inalcanzable para mí.

Si la memoria no me traiciona, los pocos números de la revista llegaban cada 15 días a Bogotá. La única manera de acceder a ella era yendo a la zapatería del barrio, donde podía mirar ejemplares viejos y desgastados. No me detenía en la lectura de los extensos artículos, sino en las amplias fotografías y en los diagramas y dibujos que intentaban explicar la estrategia que utilizaban los míticos equipos argentinos, brasileños y uruguayos. Como llegaba tan tarde y era tan costosa, me acostumbré a las publicaciones colombianas. A El Gráfico solo llegaban las clases privilegiadas.

Pasaron los años y entré a la universidad. Allí conocí a Fernando, enfermo de fútbol hasta la médula. En su casa vi de repente un cúmulo de revistas. Numerosos ejemplares de El Gráfico, bien conservados y archivados de manera ordenada. Ya no me interesaba que fueran revistas de muchos años atrás. Fernando, lector consumado, me comenzó a hablar de Osvaldo Ardizzone, eximio escritor nacido en la barriada de La Boca, y de Julio César Pasquato Juvenal, formidable memoria, atinado columnista, y nos pasábamos horas enteras leyendo textos profundos, de gran riqueza literaria. Allí no solo leíamos de las hazañas de los futbolistas, sino que nos adentrábamos en su intimidad, en su forma de ver la vida.

Todavía tengo en mi memoria la ilustración de Menotti fumando un infinito cigarrillo, en el que se dibujaban círculos interminables. Y mirábamos a Passarella levantando la Copa Mundo tras aquella final de vértigo con Holanda en el 78 o la inolvidable fotografía del hincha, que sin brazos, se unió al estrecho abrazo de Tarantini y Fillol.

Me contaba Fernando, pues no pudo hallar el ejemplar para mostrármelo, que un día el entrevistado era el tenista Guillermo Vilas. Como casi siempre, la nota describía la atmósfera del ambiente en que se desarrollaba el diálogo. Luego venía la conversación.

-Guillermo, ¿de qué hablamos? –le preguntó el periodista.

-No sé –respondió Vilas-. No sé. De nada.

-¿Querés decir de la nada?

-Sí, de la nada. Hablemos de la nada –dijo Fernando que dijo Vilas. Y el diálogo se adentró en Sartre y en las múltiples digresiones, interrogantes y laberintos que nos suele arrojar esta palabra.

Otro día, yo no podía conciliar el sueño y tomé una de las viejas revistas. Hablaban con Silvio Marzolini, histórico lateral izquierdo de Boca. En el texto reflexionaban sobre Garrincha, tal vez, el mejor puntero derecho de todos los tiempos. Marzolini defendía la teoría de que en el fútbol de hoy, Garrincha no habría tenido gran relevancia. Decía que las defensas de antes no eran tan estratégicas a la hora de marcar y por eso, eludir siempre por la derecha, salir avante y tirar el centro o rematar a la puerta le resultaba tan fácil al brasilero. Si lo escalonaran, si lo doblaran, Garrincha no podría, concluía Marzolini.

No sé si Marzolini tenía razón, pero cada número de la revista me planteaba más interrogantes del juego, me ilustraba en su historia, pero, sobre todo, me inspiraba a escribir. El Gráfico me ayudó a descubrir mi tono, mi voz. Me condujo a lecturas de los clásicos, a penetrar en el maravilloso universo de la literatura. El Gráfico me permitió soñar que algún día sería periodista deportivo.

Transcurrieron los años, y cuando me había alejado de la idea de que algún día escribiría de fútbol en un diario o revista, Catalina, sabia y generosa amiga, me contó que me habían escogido como editor de Deportes. En un momento inesperado de la vida parecía haberlo alcanzado todo.

Un día, el periódico me envió a cubrir un partido de eliminatoria entre Argentina y Colombia. Era el año de 1997. Ambas selecciones ya estaban clasificadas al Mundial de Francia. En mi visita a Buenos Aires tuve el privilegio de que mi guía fuese el reconocido columnista argentino Jorge Barraza. El tour, para sorpresa mía, incluía la visita a El Gráfico.

Llegamos a un edificio antiguo. Tomamos un ascensor al que se accedía tras abrir una vieja puerta verde de rombos. No puedo olvidar el crujido de la puerta y mi ansiedad por entrar al corazón de El Gráfico. El ascensor subió con lentitud y me condujo a la sala de redacción.

-El señor que ve ahí es Juvenal –me dijo Barraza.

Lo vi rodeado de jóvenes que atendían sus minuciosas instrucciones. Para no interrumpirlos, quise seguir de largo, pero Juvenal reparó en mi presencia y me pidió que me acercara. Miré sus ojos bondadosos y luego de preguntarme dónde trabajaba, con gesto sincero me dijo: “Estoy muy orgulloso de conocerlo”. Me quedé sin palabras. Era como si un lector de Gabo hubiese escuchado las mismas palabras del Nobel. Juvenal, que había estado distante en aquella librería en que vi por primera vez la revista, que habitaba en mi imaginación cada vez que lo leía, estaba ahí. A unos centímetros, amable, generoso, sincero. Ese día, en solo minutos, pude advertir la mística de una profesión, el sentido del deber en el trabajo, el gusto por encontrar la mejor foto, el texto más profundo, la página mejor diseñada, la portada inolvidable.

Al poco tiempo, me encontré con la noticia de que Juvenal había fallecido. Su pérdida me pareció tan enorme que opté por darle un despliegue inusitado en el periódico. Recuerdo que mis jefes me reclamaron. El lector colombiano casi no conoce a Juvenal, argumentaban. No pude convencerlos de su valía, ni la influencia tan marcada que tuvo en no pocos futboleros.

El Gráfico, con la llegada del internet, se fue desdibujando. Las velocidades de los medios digitales lo abrumaban. Pero también ocurría que disminuían los idealismos y los giros literarios. La tecnología, que no repara en sentimientos y ha hecho de nosotros seres más informados, pero menos formados, lo fue arrinconando. (Vea también: Legendaria publicación deportiva El Gráfico no tendrá más ediciones impresas).

El mercado se llenó de diarios deportivos, de la velocidad de las noticias, de textos más ligeros. Pensamiento banal. Producción facilista y superflua. El Gráfico, profundo en ideas y textos, se fue convirtiendo en un Quijote, en un habitante anacrónico, disminuido, además, por el mundo de la televisión y la imagen.

Hoy, a solo un año de cumplir el centenario, nos vienen con la mala nueva de que El Gráfico se va. Levanta vuelo. Busca otro lugar. Se va la poesía y la reemplaza una prosa precaria. Se marcha el bolero y domina el primario reguetón. El pensamiento le da paso a la vida fugaz e intrascendente. Es la tragedia del papel, que no tiene otra salida que darle paso a lo digital, a lo efímero.

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