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Elogio de Pékerman

12/10/20179:56 am
Gabriel Romero, RED+ NoticiasBogotáOpiniónRed+
José Pékerman clasificó a Colombia por segunda ocasión a un Mundial de fútbol. Foto Reuters.

José Pékerman clasificó a Colombia por segunda ocasión a un Mundial de fútbol. Foto Reuters.

Pékerman, embutido en su traje de paño. Se juega la vida. De pronto, todo su plan se ha desvanecido. El fantasma de aquel jueves negro, de esos inapelables cuatro minutos que echaron todo por tierra, parece regresar. (Lea también: Gabriel Romero y el partido Bolivia Vs. Colombia).

Corre de un lado a otro. Reprende a James, lanza instrucciones a Falcao. Rusia está a la vuelta de la esquina. Descontrol en la cancha, tras el zarpazo de Paolo Guerrero. Perú despierta. Pékerman advierte cuánto está en riesgo. Llegó a Colombia hace tantos años. Pékerman, sonoro por su apellido, no por su fútbol. Uno más. Luchador incansable, pero poco notorio. Se marchó sin dejar huella. Y en los vaivenes de la vida, supimos que conducía un taxi en Buenos Aires. Pékerman, distante de lo que más sabía.

Inimaginable que regresara a las altas esferas del fútbol. Lo suyo era pensar, diseñar, el fútbol desde el banco. Pékerman, bondadoso, agudo, amigo de todos. Padre ejemplar de sus jugadores. Dueño de las selecciones juveniles de Argentina. Padre diferente. Lejano del férreo método de la imposición, hábil para llegar al alma de los pupilos. Pékerman, ganador. Tres campeonatos mundiales en categoría sub 20.

Y nos lo encontraríamos en Alemania, en ese 2006. Argentina dando de qué hablar en el mundial. Pékerman, dirigiendo la de mayores. Fútbol ofensivo, exquisito, a ras de grama o un cambio de frente preciso. Pékerman o el adorno, la jugada vistosa, la filigrana de potrero. Hacedor de fútbol. Pero, así es la vida, Alemania, la Alemania insípida y eficiente de ese tiempo, le robó el sueño. (Lea también: Tragedia del Chapecoense).

A Pékerman lo perdemos en la amplia nebulosa del fútbol. Pero el destino lo trae a Colombia. Pékerman llega con su cabello entrado en años, la voz desgastada. Parece frágil. La rosca paisa acecha. No lo quieren. Acecha la gran prensa. No acepta sus reglas. No acepta el Tíbet que impone en las concentraciones de la selección. Lejos del mundanal ruido. Lejos de los fabricantes de dinero. Lejos de los periodistas de intereses mezquinos. Lejos de los periodistas que escancian elogios.


Pékerman, en su búnker. Pékerman, vilipendiado. Pékerman, tratado de intruso. Arranque difícil en medio de un ámbito hostil. Frágil, enjuto, tal vez tímido. No durará, vaticinan los antiextranjeros. Junio de 2012. Perú, triunfo de visitante. Una luz. Pékerman empieza a persuadirnos. La selección es otra. Los pupilos, tan díscolos en apariencia, siguen al padre. Aceptan sus consejos. Regresa el fútbol sutil, la punzada terrible al rival, el juego seguro atrás. Eficiencia, equilibrio, estética. Pékerman, al Mundial de Brasil. Silencio obligado de los detractores.

Y aquella noche antes de partir a Brasil. Despedida en El Campín ante el público. Colombia, dividida en política, polarizada. Sin embargo, Pékerman nos unía. Jamás vimos tanto compromiso de los jugadores con la camiseta. Sentido de pertenencia. Pékerman, más colombiano que todos. El Mundial, quinto lugar, regreso triunfal a Colombia. Frágil, enjuto, lucha férrea para cogerles el paso a los bailadores del “ras, tas, tas”.

Segundo tiempo de Pékerman en Colombia. Sus pupilos son distintos. Ha llegado la debilidad humana. Egos, protagonismos, la inevitable partida de los líderes, despiertan los detractores. Arrecian. Le remarcan cada error. Lo quieren afuera. Pékerman, en su Tíbet, en sus convicciones, aguanta el temporal. Jamás una respuesta destemplada. Elogio al rival que le vence. Reproches en casa. Reflexiona sobre la dificultad de un proceso. Reflexiona sobre la complejidad de conseguir jugadores idóneos. Yerros, equivocaciones en cambios. Es humano al fin y al cabo. Atacan los detractores. No soportan que no les deje entrar en su casa. Pékerman, paciente, impasible, soporta. Recta final de esta sangrienta eliminatoria, llena de odios y rudos marcajes. (Vea también: Gabriel Romero habló de la poca efectividad de Nacional).

Pékerman, enjuto y la voz cansada, como si siempre tuviera un problema en la garganta, encuentra una idea. Nadie lo sabe. Colombia, al borde de la eliminación. Duván Zapata, piensa. Está loco, le reclaman Ivanes, Vélez, Bermúdez, Mondragones, y hasta quien esto escribe. Está loco. Duván, Duván, Duván, fórmula mágica. Pékerman, discreto en el triunfo, respetuoso en la derrota, se obsesiona con Duván. Lo queremos matar. Está loco, repetimos.

Se extingue el juego con Perú. Yacen Chile y Paraguay. Colombia, desconcertada. Late a ritmos desesperados el corazón de Pékerman. Sus detractores esperan la estocada final. Pierden su tiempo. “Final, final, no va más”. “Ospina, tú tranquilo”, delira el cantante del gol. Ha terminado todo. Pékerman, al Mundial de nuevo.

Pase lo que pase se marchará después del último día del Mundial de Rusia. Eliminado en primera ronda, o en segunda, o en octavos o lejos de la final o en la final, los del común le agradeceremos hasta el final de nuestros días. Pase lo que pase, Pékerman sonreirá, seguirá de largo y cada día que transcurra volverá a su yo, a ese ser que todos desconocemos.

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