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El espejismo de los padres que quieren que sus hijos sean futbolistas

02/04/20192:21 pm
Gabriel RomeroColombiaOpiniónRed+
Jeison Murillo

El jugador colombiano Jeison Murillo se reúne con niños en el Barcelona F.C. Foto: AFP.

Por: Gabriel Romero
@gallonocturno

Han cambiado los tiempos. Años atrás, confesarles a los padres que uno tenía el sueño de ser futbolista era un despropósito. “Más bien dedíquese a estudiar y deje de pensar en pendejadas, mijo”, decían, y el tema quedaba cerrado.

Hoy es diferente. El negocio del fútbol es cada vez más redondo y jugoso. Se rompió la barrera aquella de que solo las gentes de pocos recursos estaban llamadas a ser futbolistas. El nivel de penetración del fútbol en todas las capas sociales es muy elevado. Las sumas astronómicas ponen a soñar a cualquiera.

Sueñan los niños, que quieren ser Messis, Ronaldos, James o Falcaos. Sueñan los padres, que ven el asunto como una excelente manera de invertir en el futuro o salir de pobres. Sueñan los directivos e intermediarios de todos los pelambres con hallar pequeños tesoros que les produzcan cantidades descomunales de dinero.

En esta danza de los millones, no pocos caen en el espejismo de creer que la fortuna está a la vuelta de la esquina. Me aterra ver cada vez más padres de familia alienados con la idea fácil de que sus hijos, muy pequeños, ingresan a las escuelas de fútbol, se hacen profesionales en poco tiempo, luego saltan a las mejores ligas de Sudamérica y en un abrir y cerrar de ojos ya se ven en Europa, en el Real Madrid, en el Bayern, en la Liga Premier o en el PSG.

Incautos, caen en manos inescrupulosas. A Argentina la pintan como la tierra prometida. Los padres, influenciados por el espejismo que fabricamos los medios de comunicación, que casi siempre nos ocupamos de las exitosas y grandes estrellas, creen a ojo cerrado cuando les dicen que allá, en Argentina, está el mejor de los futuros. De manera que están llevando a los niños, sí, digo niños, a la fantasía de que allá encontrarán las mejores escuelas, de que a la vez podrán estudiar, de que les darán afecto, de que entrenarán al más alto nivel y se harán profesionales en poco tiempo.

Los padres, embelesados, juegan la apuesta. Pagan seis o siete millones de pesos mensuales. Les dicen que sus hijos hacen parte de un proceso y a medida que pasa el tiempo hablan de etapas por cumplir, de que nada es fácil, de que todo implica sacrificios.

Sin duda, debe haber buenas escuelas y algunos llegan. Pero he visto a jóvenes jugadores, que no tienen las condiciones para llegar a las élites del fútbol, y, sin embargo, inescrupulosos se aprovechan de las ilusiones de los padres, inventan fantasías, construyen castillos de arena y sacan el mejor provecho. “El pibe está cada vez mejor”, dicen. “Ya casi, ya casi”, y así, entre excusas y dilaciones de tiempo, el sueño se desvanece.

¿Está bien que un pequeño de 13 años lo deje todo, digo, su país, su ciudad, sus padres, sus amigos, sus afectos, con la vana excusa de que será un Messi o un Ronaldo? ¿Son conscientes los padres del nivel de presión y responsabilidad que están poniendo sobre los hombros de sus pequeños hijos?

No escribo esta columna para destruir sueños. Lo hago para que los padres abran los ojos. Que no le crean al primero que llena de elogios el juego de su hijo. Que no crean en las promesas fáciles de tierras lejanas. En el fútbol, por fortuna, hay gente buena, comprometida y con conocimiento. A ellos deben acudir los padres, que, además, deben despojarse de la absurda creencia de que jugadores de élite se producen cada segundo y por montones.

Creo que tal vez eran mejores aquellos tiempos en que nuestros padres ignoraban nuestros deseos. Porque el mundo que nos pintan hoy está lleno de ficciones y engaños.

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