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La muerte del VAR

28/12/20178:08 am
Red+Noticias, Gabriel RomeroBogotáOpiniónRed+

Vídeo arbitraje se implementaría en la Liga de España y en el Mundial de Rusia. / Foto archivo

Estábamos en pleno Mundial de fútbol. Ya habíamos sobrepasado la primera vuelta y los octavos de final, y, como suelen decir los expertos, ahora sí empezaba la verdadera competencia.

Y dio la casualidad que Argentina y Portugal se encontraron. Messi o Ronaldo se quedarían por fuera. La última gran oportunidad de que uno de ellos aspirara a ganar una copa mundo. Las apuestas se inclinaban por el argentino pese a que su rival era nada menos que el campeón de Europa. Los expertos decían que la influencia de Messi era mucho mayor que la de Ronaldo y que esto se notaría en el terreno de juego y en el resultado.

El primer tiempo concluyó sin goles. Fue un encuentro bajo las condiciones de Portugal. A la defensiva y a la espera de algo de espacio para el contragolpe letal de Ronaldo. La silbatina del público presente se hizo escuchar de forma sonora. La protesta era más que justa, pues no se había producido ni un disparo al arco y los portugueses acudieron a todas las estratagemas posibles para desactivar el poderío de Messi.

Aunque era prematuro, la mayor parte de los asistentes apostaban a que el juego terminaría definiéndose desde el punto penal. Pero el fútbol no es una ciencia exacta. En cualquier instante todo puede cambiar.

La segunda parte discurría sin mayores sobresaltos. Había un enredo enorme en la mitad. Demasiados jugadores tratando de apoderarse de ese sector de la cancha. No había manera de que se movieran por las puntas. La confusión era enorme y crecía el disgusto de los asistentes.

De pronto, ocurrió lo inesperado. Messi se soltó de la celosa marca que aplicaban los portugueses, se fue internando por la derecha y lo hacía con perfil cambiado. Los zagueros imaginaron que tomaría rumbo hacia el centro y que buscaría acomodarse para soltar uno de sus imparables zurdazos. Pero Messi, impredecible, tomó otra dirección. Se abrió hacia la punta. El balón quedó en su pierna derecha y ante el veloz cierre de Pepe, Messi optó por tirar el centro. Lo hizo con la derecha. Pepe estaba demasiado cerca. Messi levantó la pelota y esta, caprichosa como los balones suaves de hoy, buscó la mano de Pepe. Otra versión periodística, exactamente de medios argentinos, relató que la mano de Pepe había buscado el balón. En medio de la polémica, los jugadores argentinos comenzaron a rodear al árbitro japonés. El juez, con la habitual serenidad asiática, se dirigió al lugar donde se hallaba el VAR.

Transcurrieron dos largos minutos sin que hubiese decisión alguna. El público comenzó a impacientarse. El árbitro japonés permanecía impasible. Imaginaba que la decisión se daría de un momento a otro. Sin embargo, el tiempo siguió pasando. Cuatro minutos y lo único que observaba el japonés era un manoteo constante en la mesa del VAR. Y no solo eran los gestos. Había notado el japonés que el volumen de las voces era mayor.

Los capitanes de los equipos comenzaron a presionar por una pronta decisión. El japonés, un poco más enérgico, les pidió que permanecieran alejados de la escena. Los abucheos del público se hicieron más notorios. ¿Qué ocurría? Algo muy grave, pues ya habían pasado de los seis minutos.

El VAR era un maremágnum. Había tres hombres decidiendo el asunto. Un africano, enjuto y embutido en un abrigo interminable; un centroamericano, de baja estatura y regordete, y un surcoreano, de cabello hirsuto, delgado y mirada dura. Era lógico que en el VAR no hubiese un europeo o un suramericano. Los dos últimos tenían opiniones distintas. El centroamericano opinaba que el balón había buscado la mano y que la distancia entre Pepe y Messi era muy corta. No había penal. El surcoreano opinaba lo contrario y con firmeza insistía en que el balón debía ir al punto blanco.

El africano no había tomado una decisión. Pedía que le repitieran la jugada una y otra vez. La interrupción había llegado a los 10 minutos. El árbitro japonés fue perdiendo la calma, pues crecía la presión de los jugadores. Ya no eran solo los capitanes. El pobre juez asiático estaba cercado por unos y otros. En poco tiempo, se preveía, los jugadores llegarían hasta el VAR para hallar una respuesta.

El africano no tenía claridad sobre el asunto. Unas veces veía que era penal y otras no. Varios hechos externos lo preocupaban en demasía. Recordó que alguna vez en público expresó su admiración por Messi, pero a la vez, en este mismo Mundial, Argentina había eliminado a Nigeria en un partido polémico, en el que el arbitraje había favorecido a los rioplatenses.

El africano temía que en cualquier decisión que tomara le enrostraran estos argumentos. Pero no tenía alternativa. Debía dar su veredicto. El africano se tomó la cabeza, pidió observar el video de nuevo y concluyó que no había penal.

El juego ya llevaba 15 minutos de interrupción. Cuando el africano comunicó su decisión, todo pareció solucionado. Sin embargo, el surcoreano perdió los estribos y dijo que no permitiría que se cometiera semejante injusticia contra Argentina. Primero pasarían sobre su cadáver antes que tomar una decisión con la que no estuviese de acuerdo. Juró que saldría a hablar por todos los medios si se optaba por el camino equivocado.

La Fifa, previo al inicio del torneo, había recomendado a los miembros del VAR que las decisiones se tomaran de forma unánime y que en caso extremo, se acogiera la decisión tomada por la mayoría. Eso sí, a los medios y al público se les diría que era una conclusión unánime.

El surcoreano no aceptó las condiciones. Era un hombre honesto y en todas las actividades de la vida se le conocía por ser un gran defensor de la verdad.

El juego llevaba 25 minutos suspendido. Los entrenadores habían ordenado a sus jugadores que calentaran mientras se llegaba a una definición. En la tribuna, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, se paseaba de un lado para el otro. Varios de sus agentes estaban en comunicación con la mesa del VAR y lo habían enterado del incidente. “Necesito que se tome una decisión ya. De una vez por todas. No podemos seguir haciendo este ridículo”, gritaba desde su celular. Hubiese querido bajar al VAR y resolver el problema él mismo, pero todos los ojos estaban puestos en él y en cualquiera de los directivos de la FIFA que se atreviera a solucionar el problema.

No hubo forma de convencer al surcoreano. Los presidentes de las federaciones de Portugal y Argentina habían llegado al VAR. Sin embargo, el dispositivo de seguridad no los dejaba aproximar a los tres jueces.

Entonces, a Infantino se le ocurrió la única salida posible después de 30 minutos de larga espera. Que el juez central tomara la decisión final. Se declaraba que el VAR no había podido dirimir el conflicto y el rumbo del juego quedaría en manos del japonés. En medio de las rechiflas del público, de las protestas de los jugadores de uno y otro bando, el VAR, tanto el equipo técnico como sus integrantes, fue retirado de la cancha.

El árbitro japonés se ajustó la pantaloneta, observó sin inmutarse la lenta y penosa salida del VAR y se dirigió al lugar donde se había desatado la jugada polémica. Permaneció unos segundos pensativo. Sabía que con cualquier decisión que tomara le lloverían rayos y centellas.

 

 

 

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