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La noche que no viajamos a Rusia

06/10/20179:55 am
Gabriel RomeroBogotáOpiniónRed+
Colombia rumbo a Rusia 2018

Tras la derrota frente a Paraguay, Colombia debe vencer a Perú para clasificar a Rusia. Foto: Reuters.

Parecía todo tan fácil desde aquel minuto 78 del segundo tiempo frente a Paraguay. Falcao había convertido, y Argentina, en medio de sus tinieblas, no descifraba el partido y apenas igualaba con Perú. De manera que estábamos en Rusia, pensando ya en la majestuosa inauguración, en exóticos viajes a la Plaza Roja de Moscú, y allá, en el Metropolitano, todo era fervor y fiesta. Y en la cancha se había perdido la razón.

Pékerman, que el día anterior no se veía muy optimista en sus palabras, había aconsejado paciencia. Y tenía razón. Había que tocar y tocar y esperar y esperar que los paraguayos parpadearan, pero cuando Colombia tuvo todo en las manos, perdió la paciencia y el juicio. Y no detuvo su frenesí. Embebida en la algarabía del público se lanzó al ataque sin compostura alguna, pensando, con ingenuidad, que su rival estaba liquidado.

Fue una especie de levitación que apenas duró minutos. Arias, el zaguero, salió de atrás con fuerza y decisión. Recibió la pelota libre, solo, y cuando la defensa guaraní estaba desprotegida, eludió al arquero Anthony Silva y, sin un aliento, quiso volverse héroe y optó por hacer un tirito propio de un niño que apenas ha empezado a caminar, cuando a solo metros tenía a Falcao, que, sin duda, hubiese complementado la osada faena de Arias.

Colombia, que lo tenía todo, una vez más dilapidaba su fortuna, y, entonces, el fútbol, que en estas cosas es implacable, empezó a ejecutar sus cuentas de cobro.

Y vino ese fatídico minuto 88. Ospina, gran arquero que sufre los rigores de estar en la banca en el Arsenal inglés, tuvo una salida desafortunada. Cometió dos crasos errores en una misma jugada. Salió por un balón en medio de tanta gente que iba en busca de él, y ya tomada esta decisión, no golpeó la pelota con los puños, sino que trató de controlarla, se le escapó y la dejó a merced de los perseverantes paraguayos.

Pero como esta Colombia ha corrido con una suerte inmensa en la eliminatoria y cuenta con jugadores talentosos, se repuso del mazazo del empate. Entonces, vimos, una vez más, a la zaga guaraní desorientada, y Fabra, lateral izquierdo, llegó al fondo sin mayores obstáculos y con tres compañeros libres, optó por ser héroe y optó por la peor de las decisiones: patear al cuerpo del arquero paraguayo y originar el contragolpe que, para qué describirlo, terminó en la derrota.

Es la tragedia del éxito que se lleva por delante a las selecciones Colombia de fútbol. No saber administrar un triunfo. Echar a la hoguera la fortuna. Vieja historia aquella. Colombia, quinta en el Mundial de Brasil, admirada por el mundo, pero con el paso del tiempo llega la implosión. Divisiones internas. La famosa pelea de los blancos contra los negros. La salida de los defensas Armero y Zúñiga, los egos, la fama, el dinero, los negocios de los directivos. Cada cual por su lado. Todos, olvidados de la razón de ser de un equipo de fútbol que representa a un país.

Y así, con el paso del tiempo, fuimos perdiendo el norte. Y la tan esperada evolución del quinto del mundo se fue desvaneciendo. Pero ocurría que estábamos en una eliminatoria mediocre. Los argentinos, en crisis; los chilenos, divididos; los uruguayos habían perdido su ímpetu. Y entre tantas distracciones y errores, Paraguay y Perú resucitaban.

Tras la estruendosa derrota en Barranquilla se escuchan voces que dan ánimos y que dicen que Colombia tiene en sus manos la clasificación. Pero Colombia, devastada y en caía libre, tendrá que ir a Perú a enfrentar a los pupilos de Gareca, que hace años trabaja en forma silenciosa y tuvo la hombría de deshacerse de grandes jugadores indisciplinados y halló el respaldo de dirigentes que entendieron hacia dónde apuntaba.

No creo que en pocas horas, Colombia se reponga del golpe. Parece tardío recuperarse de tanta fortuna desperdiciada, y mucho me temo que el viaje a Rusia, en medio de los vientos más desfavorables, parezca una utopía.

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