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Tragedia del Chapecoense

01/12/20168:36 am
Gabriel Romero CamposColombiaOpiniónRed+

Gabriel Romero recuerda con nostalgia a las víctimas del siniestro aéreo que conmovió a Colombia y el mundo.

En marzo, reportan los medios digitales, un adivino vaticinó que un equipo de fútbol moriría al caer un avión. La noticia pasó inadvertida en aquel tiempo y solo hoy toma relevancia.

Estamos ante una tragedia y con todos los elementos de los que nos hablaron que ocurrían en las tragedias griegas. Un adivino. En la universidad nos hablaban de Tiresias, un ciego que veía el futuro con claridad. Y nos hablaban de los oráculos con sus enigmáticas predicciones.

Era usual que los oráculos lanzaran sus predicciones con frases cifradas, de manera que era difícil entender lo que querían decir. En estos tiempos, parece indicar que el lenguaje es más directo y comprensible. Menos sutil, tal vez.

Lo cierto es que el lunes nos encontramos con la noticia. No lo podíamos creer. El Chapecoense, tan remoto para nosotros como difícil de recordar y pronunciar, el mismo que iba a disputar la Copa Suramericana con Nacional, se había accidentado a solo pocas millas de llegar a su destino.

Con el correr de las horas, en medio del estupor, fuimos viendo la magnitud de la tragedia. No hay una certeza final, pero con los hechos nos hemos venido dando cuenta que el avión se quedó sin gasolina, como cualquier auto viejo que carece de medidor. Hubiese sido un camino sencillo abastecerlo antes que aventurarse a un trayecto tan largo.

Fue un yerro tras otro. El piloto, por las primeras conclusiones y por la conversación que sostuvo con la torre de control, sospechaba que no tenía el combustible suficiente. Se enfrentó ante un dilema: admitir que no lo tenía y declararse en emergencia o arriesgarse. El primer camino resultaría vergonzoso para su imagen y le costaría una multa a la empresa. Entonces, prefirió el segundo.

Pero la vida le había dado una nueva oportunidad. Tenía contacto con la torre de control. Sabía que dos naves más estaban a punto de aterrizar. Bastaba que pronunciase la palabra mágica para declararse en emergencia. Bastaban una o dos sílabas y la puerta de salvación estaba ahí.

Quien va hacia una tragedia avanza inexorablemente hacia ella. Pueden aparecer mil posibilidades, pero ciegamente insistirá en su yerro. Caminará hacia ella y se llevará por delante a quien esté a su alrededor. Nada lo detendrá. No es su intención. Solo que, en su osadía, no advierte el peligro y termina envuelto en él.

Y como la tragedia debía elevarse a su punto más alto, de ella participarían gentes jóvenes en su mayoría. Un equipo de fútbol que estaba a las puertas de un título, el equipo más apreciado por la difícil y exigente hinchada brasileña. Casi todos muertos, jóvenes, con futuro, con el mundo casi a sus pies.

Alguien, entonces, recordó las palabras del entrenador, las que dijo cuando llegó a la final. Esa sentencia que combinaba su felicidad y la clara idea de que ya se podía morir tranquilo. Oráculo de sí mismo.

No hubo manera de que la controladora descifrara el enigma que había planteado el piloto. En medio de la conversación de 11 minutos que sostuvieron, ella advirtió que la nave no avanzaba a la altitud adecuada y cuando lo supo y se lo preguntó a su interlocutor, ya era demasiado tarde.

Hubo un silencio profundo y oscuro como la noche del lunes. El avión se fue a tierra y la noticia le dio la vuelta al mundo. Después de la tragedia viene la compasión. Esa que sentimos ante la tragedia de los demás y ese helado frío que nos rodea, pues somos conscientes de que corremos el mismo riesgo.

Compasión, sí, la que sentimos todos y mucho más la gente de Nacional, que los iba a enfrenar como jugadores y como hinchas. Fuimos testigos de un estadio lleno sin fútbol. De las lágrimas de los jugadores verdes, del entrenador Rueda recordando cuánto había estudiado a su rival, de los hinchas con los ojos húmedos. Y también vimos al canciller de Brasil, José Serra. De muy poco había servido la teoría que su carrera diplomática le había impuesto. Los diplomáticos en Brasil son verdaderos diplomáticos. De carrera. De esos que aprenden a permanecer impasibles ante la adversidad y ante las complicadas negociaciones de gobiernos y estados. Pero no. Esta vez, no pudo contener el llanto. Y como un niño agradeció el gesto de la gente de Medellín. Se le quebraba la voz. Balbuceaba. Un canciller derrotado y agradecido. Con su teoría adentro, pero sin poder ocultar sus emociones.

A medida que pasan los días, la tragedia cobra magnitud. La lamentan aquí y en otras latitudes y se siguen descubriendo más elementos. Pero nadie, ruptura de lo divino y lo humano, pudo contenerla. El Chapecoense obtendrá el preciado título. Lo hará a un costo enorme. Es el peso de la inmortalidad para los pobres humanos. Que cuando la alcanzan lo pagan muy caro.

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